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LA LARGA MARCHA: Desde una laicidad proclamada hacia una laicidad realizada

José María García-Mauriño
Miembro de CPS
Mayo 2010

1.- El Problema

La comisión de Laicidad de la IBM ha podido percibir en los sucesivos encuentros que hemos tenido, que este tema de la Laicidad está poco asimilado. Una cosa es el planteamiento teórico de lo que significa una sociedad laica, y otra la convicción profunda de su realización en dicha sociedad. La sociedad ha dado un paso positivo al proclamar un Estado aconfesional y por tanto laico. Pero, esto es sólo el fundamento jurídico propio de un Estado de derecho. Queda un largo camino, un recorrido difícil desde un infantilismo religioso en una sociedad infantilizada hacia la adultez cristiana en una sociedad adulta. Se trata de que la ciudadanía vaya teniendo comportamientos sociales, políticos, religiosos, económicos, que sean coherentes con dicho fundamento. Nos preguntamos por las dificultades en la comprensión de todo este tema: Por qué no es fácil asimilar lo que supone la Laicidad del Estado, la independencia social y personal de la confesión religiosa o la necesidad de una ley de libertad de conciencia. La personalidad infantil se caracteriza, al menos, por estos ingredientes:

a) Tranquilidad de conciencia y psicológica, el que obedece nunca se equivoca.
b) Seguridad: El que se somete a la autoridad está seguro, es el camino recto para ir al cielo.
c) Comodidad: no hay que esforzarse, todo nos lo dan hecho, pensado y decidido.

Trataremos de ofrecer alguna respuesta.

2. Dimensión cristiana

Vivimos en gran parte con los planteamientos del nacionalcatolicismo de años atrás, demasiado dependientes de la jerarquía católica. Y esto ha producido una ciudadanía infantilizada, incapaz de pensar y decidir por sí misma, demasiado dependiente del factor religioso. Por eso, proponemos los retos propios de una sociedad laica. Estos retos son los que nos impulsan a analizar las posibles causas de que nuestras comunidades tengan tantas dificultades en ir superando una mentalidad un tanto trasnochada.

Ofrecemos un análisis de aquellos temas que hacen casi imposible la praxis de la Laicidad en el ámbito cristiano. La mayoría hemos sido educados en una cultura religiosa y estamos integrados en ella, pero desde la religión es muy difícil, por no decir imposible, entender a un hombre laico que fue asesinado por la religión. Porque creemos que sólo desde la Laicidad es posible entender el mensaje de Jesús de Nazaret y seguirlo.

3.- Los retos de la laicidad a los creyentes:

3.1- La sociedad laica nos invita y nos obliga a superar definitivamente todas las formas de imperialismo tanto moral como religioso.

Desde el siglo IV el Imperio romano asume la religión católica como la religión oficial Hasta nuestros días, pasando, el siglo XVI con el concilio de Trento y el concilio Vaticano I, y ha dominado el imperialismo religioso, es decir, imponer a todos los creyentes la única interpretación válida de la moral y de la doctrina cristiana que es la del Magisterio de la Iglesia. Desde entonces no se tiene otro punto de referencia que la autoridad de la jerarquía católica. Desde entonces hemos andado con las muletas prestadas por la religión. Nada de pluralismo, nada de igualdad, nada de diálogo, nada de libertad; prevalece el sentido de sumisión y obediencia debida, de abajo arriba.

Paralelamente, sabemos que existen otras formas de ver el mundo. Así, nos enriquecemos con lo que significa la modernidad, el ateísmo, la sociedad civil, el pluralismo religioso, moral y político. Y esto hace que vayamos entrando en la mayoría de edad del mundo, sin necesidad del apoyo de la religión. Se trata de la lenta maduración de la historia de la humanidad para ser más libre y feliz.

3.2- La sociedad laica nos invita a superar nuestro narcisismo religioso: no hay personas ni pueblos elegidos.

No hay privilegios ni exclusiones. Se trata de hacer realidad la igualdad de derechos que quedan perfectamente formulados en la Declaración Universal de DD. HH.

Hay dos expresiones griegas que significan algo distinto: Laos = pueblo, sociológicamente considerado, y Demos, pueblo, democráticamente considerado. Laos se traduce al latín por “laicus” en el siglo I, pero la Iglesia lo clericaliza en el s. II distinguiendo entre clérigos y laicos.
Hay varios tipos de sociedad: La sociedad confesional, es la que admite una confesión religiosa como religión del Estado. Y el Estado gobierna conforme a los principios morales de la Iglesia. Se trata de una unión Iglesia-Estado, íntimamente unidos política y sociológicamente por Concordatos (Italia – Mussolini; Alemania – Hitler; España – Franco-), leyes, morales, etc. Se trata de una sociedad confesional. La sociedad laica es la propia de la Ilustración (siglo XVIII), separación de Iglesia y Estado, en el sentido de independencia y autonomía de cualquier tutela religiosa.

La Iglesia ha estado siempre al lado de la Burguesía. Ha pretendido gobernar los Estados desde la superioridad que le daba el ser una potencia espiritual. Lo espiritual está por encima de lo material. La Iglesia por encima del Estado. La Iglesia tiene todos los derechos, es la depositaria de la única religión verdadera. Tiene la verdad suprema y la verdad tiene todos los derechos, el error no tiene ninguno. Pero, todos sabemos que las verdades religiosas ni son universales, ni son demostrables. Los derechos son de las personas, no de las verdades abstractas La Iglesia pretende tener el monopolio de la verdad (“fuera de la Iglesia no hay salvación”). Los católicos, si no pueden ser los “únicos”, al menos serán los elegidos.

El sentimiento de pueblo elegido forma parte de un estadio infantil de la persona y de los colectivos humanos: sentirse único o, al menos, el preferido. Más de uno recordará aquel himno al Sagrado Corazón que era uno de los símbolos del nacional-catolicismo: “Reinaré en España / y con más veneración que en todo el resto del mundo”... ¡Pues no! Apostamos por caminar hacia la adultez que significa conseguir la convivencia en igualdad a todos los niveles.

Lo que nos iguala son las verdades contenidas en los Derechos Humanos. Todos somos iguales, todos pertenecemos a la misma raza humana. Todos tenemos el mismo rango de personas. y por tanto, se trata de un código de ética universal. La Iglesia pretende tener el monopolio de la moral y de la ética. Y por eso, va en contra de la asignatura de “Educación para la ciudadanía” : es una ética que ella no controla.

3.3.- Una monarquía absoluta es incompatible con una sociedad laica

La Constitución del Estado Ciudad del Vaticano, que entró en vigor el 22 de febrero de 2001, dice en su artículo primero: “El Sumo Pontífice, Soberano de la Ciudad del Vaticano, posee la plenitud de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial”.
Al no existir la separación de poderes, no se puede hablar de un Estado de derecho. Se trata de la última monarquía absoluta que queda en Europa. En lugar de personas con derechos, sólo existen súbditos. En el Código de Derecho Canónico aparece 34 veces la palabra “súbdito” y ni una sola vez la expresión “derechos humanos”. En cambio, la palabra “superior”, entendida como autoridad dentro de la estructura jerárquica, aparece, al menos, 203 veces. No existe ninguna justificación bíblica para mantener un Estado político-religioso, ni la monarquía absoluta de ese Estado.

3.4- La sociedad laica cuestiona y hasta desautoriza el dogmatismo religioso:

Las formulaciones dogmáticas, por ser formulaciones humanas, son siempre provisionales e imperfectas. La aproximación al misterio de la trascendencia se realiza desde la perplejidad, el desconcierto, la fascinación y todo ese cúmulo de sentimientos y experiencias que pueden calificarse en el más estricto sentido como “ine-fables”. Es decir, imposibles de formular ni de explicar. Por no hablar de los condicionantes individuales, culturales y sociales que inevitablemente colorean nuestras experiencias.
Tenemos muy presente que las religiones se degradan cuando se hacen dogmáticas. La historia de nuestra tradición cristiana es un estremecedor rosario de definiciones, de exclusiones y de condenas que empezaron allá en el primer concilio ecuménico (Nicea a. 325) hasta el Vaticano I, con la definición de la infalibilidad papal (a. 1870). Solo se ha salvado de la quema el esperanzador y más bien frustrado Vaticano II.

En una institución dogmática, lo que tiene valor absoluto es la autoridad. En cambio, en una sociedad democrática, laica, adulta, lo que valen son los argumentos, la razón (al menos, en teoría...) El argumento de autoridad tiene un valor muy reducido.
En una institución dogmática, gana terreno la ideología religiosa a costa de la experiencia religiosa. En lugar de la catequesis como iniciación a la experiencia cristiana, hemos favorecido la “doctrina cristiana”, el adoctrinamiento. El paso desde el dogmatismo hacia el fanatismo es demasiado corto y se ha realizado demasiadas veces en la historia.

Una institución dogmática necesita una clase dirigente que se considera la garante de la doctrina oficial. La depositaria de unas verdades y unos dogmas, pretendidamente revelados por Dios. En consecuencia, está legitimada y hasta obligada a ejercer un control ideológico sobre los miembros de la institución para asegurar a todos los miembros la “recta doctrina”. Se trata de la Inquisición o de la moderna Comisión para la Doctrina de la Fe.
La contrapartida de todo esto es una sociedad infantilizada. Las personas quedan incapacitadas para pensar y para hacerse preguntas, porque ya está todo dicho, pensado y decidido.

La respuesta cristiana es recuperar a Jesús de Nazaret. Jesús no era dogmático. Hablaba de experiencias personales y entrañables, muy sencillas de comprender y de asimilar: que Dios es Padre de todos los seres humanos. Y que todas nosotras y todos nosotros somos hermanos. Esa experiencia tan personal y tan profunda fue el camino más sólido para llegar a aquella adultez de Jesús que tanto nos llama la atención: ante las personas concretas, ante las normas religiosas, ante los prejuicios tanto religiosos como sociales.

Frente a este monumento al dogmatismo que ha perdurado durante tantos siglos, es preciso
proclamar que el Movimiento de Jesús sólo tiene una orientación básica, fundamental, la del
amor, como patrón de conducta, como moral y como clave del sentido de la existencia. Este
valor del amor no es exclusivo del cristianismo, es un valor universal de todos los seres humanos.

3.5.- La “oferta de máximos”: los valores del Reino.

Una sensibilidad laica nos hace ver que la formulación de “reino-reinado de Dios” queda desfasada en nuestra cultura presente, porque mantiene el esquema de superioridad-inferioridad. Además del carácter de monarquía absoluta que ya está superado históricamente. Una formulación laica muy precisa y muy respetuosa con el mensaje de Jesús es el de “sociedad alternativa”; “otro mundo es posible”. Se puede sustituir Reino de Dios por sociedad alternativa.

El propio Jesús, un laico, puso toda su vida al servicio del reinado de Dios. El centro no era Jesús, no era Dios, sino el reinado de Dios, la sociedad alternativa. También la religión cristiana y todas las religiones son medios e instrumentos para hacer realidad el reinado de Dios, aunque el contenido se formule de muy diversas maneras. No son fines. La Iglesia no es un fin, es un medio.

Por eso, para hacer creíble nuestra oferta, necesitamos desvincular cada vez más a Jesús de Nazaret de una iglesia concreta o de todas las iglesias. Jesús de Nazaret, como todas las grandes personas que recorren la historia humana, es patrimonio de toda la humanidad. Resulta muy triste comprobar que la actual estructura eclesiástica es un obstáculo para que se difunda el mensaje de Jesús, en lugar de ser, como debería serlo, un poderoso altavoz...

Necesitamos subrayar el carácter “laico” de Jesús.

Jesús no fue sacerdote, no pertenece a ningún estamento sacerdotal, tampoco fue funcionario del templo, ni ostentó cargo alguno relacionado con la religión. No fue un “maestro de la ley”, sino que, al contrario, se comportó con escandalosa libertad respecto a las normas religiosas, y a todas las observancias de la Ley.

Jesús fue un laico. Uno de tantos entre los demás. Esto quiere decir que no admitió distinción alguna, ni privilegios de ninguna clase, ni posiciones que lo pusieran aparte. Su insobornable apuesta por una sociedad igualitaria le lleva a un conflicto extremo con los poderes religiosos y políticos. Su experiencia de Dios rompe todos los esquemas tradicionales del Dios Todopoderoso para presentarnos al Dios débil, tierno, cercano a cada ser humano y que tiene como principal característica la compasión.
Sabemos que este rasgo del Dios de Jesús no puede encuadrarse en el contexto de los derechos humanos. Pero es muy importante superar una imagen deformada de Dios que condiciona todavía a muchas personas, tanto dentro como fuera de la órbita religiosa.

4.- El reto de la laicidad para los ciudadanos:

4.1. Oferta de mínimos:

Vivimos en una sociedad inmadura y en el origen de esta infantilización está la continua expansión del Estado, con su tutela hiperproteccionista. Bien se ha demostrado ahora con la crisis: ha sido el Estado, no el Mercado, el que ha inyectado miles de millones a la banca para que no se hunda la red financiera. Todo está en sus manos y de él dependemos tanto para lo bueno como para lo malo. El Estado se ha convertido en un padre omnipresente y omnímodo, y a nosotros se nos relega a la condición de hijos menores, desamparados e inermes, dóciles y dependientes, eternamente niños. Comprendo, además, la tentadora comodidad del invento. Pero en el camino se esfuman dos valores fundamentales : independencia y libertad.

Queremos construir una sociedad laica dentro de un estado laico. Esto supone una oferta de mínimos que son exigibles a todo ciudadano o ciudadana. La sociedad civil actual se caracteriza por ser Plural, Secularizada, Democrática, Capitalista, Consumista, Interreligiosa, Planetaria, en Crisis permanente. La sociedad civil postula una ética de mínimos: un mínimo decente y razonable para poder vivir y convivir todos y todas: son los Derechos Humanos, el Derecho Internacional, la Carta de las Naciones Unidas.

Los Derechos humanos tienen una debilidad básica. Es difícil saber cuál es su fundamento: si es jurídico, ético, o meramente político. No se puede decir del todo que sean “universales”, porque su Declaración de 1948 fue de la cultura occidental y difícilmente la aceptan los orientales, China, India, Japón, pueblos de África Y porque muchos de sus artículos están formulados en forma tan abstracta que no se pueden concretar y dificulta su comprensión y reconocimiento. Pero, es el único código ético que tenemos y que puede resolver conflictos en la humanidad.

También adolece de una enorme debilidad la defensa de los Derechos Humanos en la ONU, porque todos sabemos de su manipulación por los EEUU. Los pueblos de la Tierra apenas tienen una legítima defensa frente a los atropellos constantes del Capitalismo multinacional. “Yo creo que Naciones Unidas es una organización indispensable, para salvar a la humanidad, para salvar a la Tierra. Pero yo tampoco creo en las Naciones Unidas como está. Tiene que ser reinventada, rescatada. Nos pertenece a todos pero ha sido secuestrada por unos pocos. Este es el momento político para la reinvención”, puntualizó el presidente D’Escoto.

4.2.- Una plataforma básica: El reto de la identidad

Esta sociedad está formada por ciudadanos y ciudadanas, como fundamento esencial, al margen de cualquier credo o ideología o moral, sexo o etnia. El sujeto de esta sociedad es la Persona, el Ser humano (SH). El centro no es dios, no es la religión, no es el Estado, no es la economía, no es el partido no es el sindicato. Es la Persona en su dimensión social y política, no individualizada, sino formando parte de un todo. Nuestro DNI está formado por una unidad indisoluble, porque al mismo tiempo somos Seres Humanos, somos Personas, Somos ciudadanos. Es imposible separar una cosa de la otra. No se trata sólo de lo que somos, sino que además tenemos conciencia de serlo. La forma de estar en esta sociedad es siempre una presencia activa, no pasiva, no dejándose llevar de lo que siempre se ha hecho o pensado, por las tradiciones religiosas de siglos atrás. Somos seres inteligentes, conscientes y libres. Nunca terminados del todo, siempre en proceso de crecimiento, maduración, y en definitiva de humanización. El tener esta identidad, este DNI universal, nos hace iguales a todos. Lo laico nos mide a todos los habitantes del Planeta Tierra por el mismo rasero, nos iguala, la religión nos divide y nos enfrenta.

Todo ser humano es por naturaleza un ser político. Es decir, se trata de vivir y convivir con una serie de ciudadanos del propio país y de todo el mundo, que se encuentran implicados en las estructuras socio-políticas y económicas, e incluso religiosas establecidas en esta sociedad. Todo SH es un ser de relaciones y lo propio de su naturaleza no es vivir solo o aislado, sino vivir en un conjunto de las relaciones humanas que llenan este espacio: desde la familia, los amigos, la profesión, los vecinos, los grupos sociales, la iglesia, las cooperativas, las instituciones, los partidos políticos, los sindicatos, los movimientos sociales, etc. (Creo que falta aquí la idea marxista de que las relalciones político-sociales comunes son relaciones de producción. Que el Estado, ante todo, es “el sistema de necesidades”

4.2.- Construir una sociedad laica en un Estado laico:

Este es el reto de la ciudadanía. Una sociedad laica se caracteriza por una independencia y autonomía de cualquier tutela religiosa. Un Estado laico, claramente a-confesional que ni en sus instituciones, ni en su legislación, ni en sus manifestaciones culturales y políticas, no se rige por ninguna normativa religiosa. Proponemos una reflexión desde la ciudadanía.

4.2.1.- Principios básicos que pueden orientar la reflexión:

Principio de Igualdad:

Todos somos iguales. Nadie es superior a nadie, nadie es inferior a nadie. En una sociedad democrática no se puede admitir ninguna discriminación por etnia, sexo, religión, ideología, etc. Lo que nos iguala son los orígenes de nuestro ser –Somos Seres Humanos, Personas, Ciudadanos-, no otra cosa. El hombre tiene los mismos derechos y obligaciones que la mujer. Por ser laicos, no damos preferencia a ninguna religión sobre otra. Nadie puede alzarse con el monopolio de la verdad absoluta, ni hacer ostentación de ella en detrimento de otras verdades. Ninguna religión tiene el monopolio de la verdad. Este principio de igualdad es al mismo tiempo un principio de justicia. El Estado no puede cometer la injusticia de privilegiar a una religión sobre otra.

Principio de Laicidad:

No hay nada sagrado. No hay lugares sagrados, ni personas sagradas, ni tiempos sagrados, ni objetos sagrados. En la sociedad alternativa que se propone, todo es laico, no regido por motivaciones religiosas. Todas las instituciones sociales o políticas de un Estado no deben vertebrarse por una normativa religiosa, sino regirse por una ética cívica. Lo cívico, los Derechos Humanos, generan unas normas que son universales y universalizables, que no tienen nada que ver con las normas morales impuestas por la religión. Laicidad y democracia deben ir siempre juntas. En una sociedad democrática ninguna persona es más sagrada que otra. No hay personas sagradas ni consagradas. La laicidad no es antirreligiosa, ni es contraria a la religión; sí es anticonfesionalista. Lo laico es lo común lo que iguala a todos y a todas por nuestros orígenes más radicales, no por lo sagrado de la religión.

Principio de Tolerancia:

Este principio es esencial para la convivencia entre ciudadanos. Porque todos y todas somos iguales, aunque tengamos distintas creencias, convicciones, y comportamientos. La ciudadanía exige una actitud de aceptarse y soportarse mutuamente en el espacio público de la sociedad que es de todos. La laicidad va muy unida a la tolerancia (que viene del verbo latino tollere que quiere decir soportar, aceptar, tener paciencia).que significa liberar a la política y a la moral de toda tutela religiosa, colocando en su lugar a la razón. Cuando en una sociedad laica se admite el hecho de una inmigración constante de muy distintos países y continentes, esto implica la diversidad de religiones, credos y morales. Entonces, la tolerancia es una llamada a la ciudadanía para llegar a convivir pacíficamente y crecer personalmente. Los problemas vienen de la convivencia ciudadana del día a día, con el otro que es distinto, cuando surgen personas y grupos (los inmigrantes) que ponen en cuestión unos valores y formas de vivir que se consideraban inapelables.

4.2.2. La lucha por construir la laicidad en la realidad social y política:

A) El Llanero solitario:

En las películas del Oeste, el llanero solitario es el que no tiene ley, ni vacas, ni tierra, ni parroquia, ni dios, ni familia y actúa defendiendo al inocente de una paliza que le dan unas manos agresivas. Un hombre libre de prejuicios. No se le ha perdido nada en ese pueblo pero salva al inocente de una paliza, porque ve que lo que está ocurriendo ahí es intolerable Y que si pasara de largo, si mirara para otro lado, luego no podría mirarse al espejo sin que se le cayera la cara de vergüenza. ¡Cualquiera habría hecho lo mismo! Pero, nadie lo ha hecho más que él. Los demás se han comportado como todo el mundo, porque lo que todo el mundo ha hecho es no complicarse la vida y mirar para otro lado. Lo habitual es que el ama de casa se comporte como ama de casa, el profesor como profesor, el rico como rico, el tendero como tendero, etc. Hacemos lo que “está mandado”. Cumplimos los roles que nos marca la sociedad. No lo que se debe hacer.

B) Qué es lo que habría que hacer?

Lo que hay que hacer es ejercer de ciudadanos libres, no sometidos a las imposiciones morales de la jerarquía, ni de las ideologías de los partidos, ni de las tradiciones religiosas. Hay que exigir que la Constitución se cumpla. Es la tarea propia del ciudadano que es y actúa como tal. Ser ciudadano laico es respetar la autonomía del Parlamento y desechar cualquier intento de sacralizar la política y el ordenamiento jurídico, tratando de imponer normas religiosas a las leyes. El hecho de imponer normas religiosas a las leyes civiles es intolerable. El respeto a la Ley de Leyes, la Constitución de 1978, exige no mirar para otro lado, sin que se nos caiga la cara de vergüenza. Está costando mucho esfuerzo construir el estado laico, como soporte de un estado de derecho y democrático. Ser ciudadano es ser fiel a la Constitución que dice en el art 16,3 “Ninguna confesión tendrá carácter estatal”.

Es intolerable que no se cumpla la Constitución por los mismos que tienen el deber de cumplirla y hacerla cumplir. Todos sabemos que es una Constitución borbónica, de conveniencia, militarista. Aprobada democráticamente por mayoría, sabiendo que había minorías que no la aceptaban. No nos gusta. Pero, es la única norma jurídica establecida, de respeto a los Derechos humanos, que tenemos para establecer una convivencia pacífica entre todos los españoles. Hay muchos intereses en juego para tratar de que el Estado no sea laico de verdad. Los poderes públicos, tanto si son de derecha como de izquierda, no les interesa estar a mal con la iglesia católica. También resulta intolerable que permanezcamos impasibles ante este estado de cosas.
Sin embargo 31 años después de aprobada la Constitución, hay signos y evidencias que nos sitúan en la órbita de lo que se puede considerar un “estado confesional”, con la “coartada” de que pertenecemos a la “santa tradición católica”. La imposición a la fuerza de la “teocracia católica” en España durante 15 siglos, (desde el Concilio de Toledo del año 589, hasta la dictadura nacional-católica que impuso el general Franco, según él: -“Se es católico o no se es nada”) pesa mucho. Hay que exigir a los “poderes públicos” que cumplan la Constitución. Esta dice en el art. 9,2 “promover las condiciones y remover los obstáculos para que se dé la total igualdad de trato y neutralidad y se adquiera la condición de verdadera ciudadanía”.

Hay que luchar por conseguir una serie de cosas que están a nuestro alcance:

1) Denunciar los Acuerdos Santa Sede-Estado Español de 1979 que privilegian a la religión católica en detrimento de las demás confesiones religiosas y van en contra del principio de Igualdad y de justicia.
2) Promover una Ley, no de .Libertad religiosa, sino una Ley de Libertad de conciencia y convicciones.
3) Exigir una sociedad de verdad laica en la que no haya ningún símbolo religioso (crucifijos, biblias) en edificios públicos: Congreso, Ayuntamientos, Escuelas, Ministerios, Hospitales, Cárceles, etc.
4) Que no haya Funerales de Estado por los muertos en acto de servicio de militares muertos en Afganistán o en otros países.
5) Denunciar que ninguna autoridad civil o militar esté presente en los actos públicos religiosos: procesiones, funerales, bodas, etc.
6) Exigir un respeto para todo lo público. No admitir en la TV pública las noticias referentes a procesiones católicas de Semana Santa, los actos del Pontífice en Roma: Misas en el Vaticano, Bendición Urbi et Orbi, etc.
7) Exigir una Escuela pública laica en la que no se enseñe ninguna Religión, ni haya profesores de religión ni en escuelas públicas ni concertadas
8) Revisar el calendario de fiestas, en su mayoría de origen religioso, pero con efectos civiles, de vacaciones, “puentes”, santos patronos, “semana santa” (¿por qué santa?), ramadán, etc.
9) El velo de las musulmanas. Cualquier persona tiene derecho a manifestar su religión y sus creencias, siempre que no perturbe el orden público. El Estado puede y debe, regular y prohibir la manifestación y exhibición de símbolos religiosos en lugares públicos, para no herir el derecho de otros. Puede prohibir se pongan carteles electorales en monumentos públicos y demás símbolos religiosos en las aulas u otros lugares públicos, como juzgados, comisarías etc. En definitiva, el Estado laico, no confesional, no podrá favorecer ni identificarse con una fe o creencia y por ello puede y debe regular el uso de símbolos religiosos en lugares públicos si estima que pueden atentar contra los sentimientos religiosos de los demás. Por ello, finalmente, considero que debe suprimirse el párrafo segundo del artículo 16,3 de nuestra Constitución que dice: “Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”.

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