Lo hemos oido y visto en los medios de comunicación social: el día 26 de noviembre, en la XC Asamblea General de la Conferencia Episcopal Española, su Presidente Ricardo Blázquez, en el discurso inaugural, dijo: " En muchas ocasiones tendremos morivos para dar gracias a Dios por lo que se hizo y por las personas que actuaron; y probablemente en otros momentos, ante actuaciones concretas,sin erigirnos orgullosamente en jueces de los demás, debemos de pedir perdón y reorientarnos.....".Pronuncia estas palabras "al recordar la historia" en coincidencia con la ley de la Memoria histórica".Reconoce que "cada grupo humano....tiene derecho a rememorar su historia y a cultivar su memoria colectiva".
En varias ocasiones se han insinuado peticiones de perdón al estilo de la de Blázquez. Fue, sin embargo, en la Asamblea Conjunta de obispos y sacerdotes de 1971, que, por desgracia, nunca llegó a ver la luz final, cuando más claramente se formuló una propuesta que decía: "Así pues, reconocemos humildemente y pedimos perdón porque nosotros no supimos a su tiempo ser verdaderos ministros de reconciliación en el seno de nuestro pueblo, dividido por una guerra entre hermanos". No salió adelante por presión del ambiente que entonces se vivía.
No está mal un petición tan tenue de perdón.Pero pienso que debería ser más clara y valiente.
Tengamos en cuenta que la Iglesia legitimó la guerra civil y hasta la calificó como cruzada religiosa en todo el mundo con su pastoral conjunta; se guardo silencio ante muchas barbaridades cometidas en y después de la contienda; se contribuyó mucho en los pueblos a la consideración de los "rojos" como personas reprobables; se aceptó y en ocasiones se bendijo el slogan: "por el Imperio hacia Dios"; se consideró como buena la proclamación de la unión entre la "Cruz y la espada"; los pasos de la Iglesia oficialmente hasta 1975, aunque ya se había producido en algunos sectores eclesiales un cambio profundo, fueron al unísono con el régimen dictatorial en lo cultural, en lo social, en lo político...
La mentalidad que durante tanto tiempo se mantuvo provocó el error de considerar como condición para ser considerado buen católico el pertenecer a determinados sectores de la sociedad, lo que todavia está en el pensamiento y palabra de algunos.
No estaría mal, pienso yo, que algún día todas estas cosas se aclararan, sin que duelan prendas, y siempre con comportamientos más abiertos y cercanos al pueblo.
Aurelio